Comprender la Tristeza

En nuestra vida, podemos vivir un periodo de tristeza en el momento que no esperábamos y de forma más intensa y duradera de lo que creemos adecuado. Es una experiencia difícil en la que es importante acompañarnos con delicadeza y profundidad.

Nuestras “creencias aprendidas” sobre la tristeza se ponen en marcha y nos dicen qué es la tristeza y cómo/cuando/cuánto “deberíamos” sentirla. Muy probablemente nos identificamos con la tristeza y pensamos que somos débiles por estar sintiéndonos así. También creemos que la emoción nos va a arrastrar y que no vamos a saber salir de ella. Estas creencias nos dan una comprensión muy parcial de lo que ocurre, nos llevan a rechazar la tristeza, a sentirnos culpables de nuestras emociones y no nos permiten entender lo que está pasando.

Muchas veces, explorando el pasado reciente de las personas, encontramos que han vivido situaciones difíciles como por ejemplo la enfermedad grave y operación de un familiar, una secuencia de acontecimientos vitales difíciles o una situación de estrés mantenida en el tiempo. Cómo es algo que ya pasó, no entendemos por qué nos sentimos tristes ahora, cuando deberíamos precisamente estar bien porque todo ha pasado. Aparecen pensamientos como “soy una persona fuerte, no entiendo lo que pasa, quiero volver a ser la persona de antes”, “no comprendo por qué estoy así, en mi vida no pasa nada que lo justifique”.

Es el momento de hacer un ejercicio de comprensión sobre lo que nos pasa. La tristeza aparece con un sentido. Aparece en respuesta a algo y cumple la función de que elaboremos situaciones de pérdida ó estrés, para procesarlas dándonos tiempo y espacio para ello. Y una vez asimilado, recuperarnos. Es importante comprender que la tristeza precisamente puede aparecer cuando todo ha pasado, cuando la situación se ha resuelto o estabilizado.

Expresar nuestra experiencia nos ayuda a poner palabras a nuestra emoción y vivencia, para elaborar lo sucedido. Es posible que en esta expresión nos demos cuenta de que hemos tenido un rol muy activo de tomar decisiones complicadas y estar volcados en la resolución de la situación. O que durante los acontecimientos no nos hayamos permitido expresar nuestra emoción por proteger a los que tenemos cerca. Al estabilizarse la situación, nuestro sistema (cuerpo, emoción y mente) se permite vivir la tristeza para procesar lo sucedido. No somos débiles ni estamos ante algo que nos va a arrastrar. Ahora entendemos lo que ocurre y podemos acompañarnos. En un periodo así es importante pedir ayuda y acompañarnos de personas cercanas que puedan escucharnos.

En este proceso, en función de la intensidad y duración, es importante consultar con un especialista y  plantearnos un acompañamiento terapeútico que nos aporte esta visión más amplia y el espacio para expresarnos y elaborar el tránsito.

Gracias por tu atención.

Compártelo en tus redes sociales
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp

Otros aportes

La Identidad Personal
Nuestra identidad comienza a configurarse en nuestra infancia. Madurar hacia el adulto incluye implicarnos en actualizarla a lo largo de toda nuestra vida.
Relaciones interpersonales: de reaccionar en automático a elegir nuestras respuestas
Al relacionarnos, solemos actuar en base a reacciones automáticas. Aprender a observar la secuencia paso a paso de estos patrones reactivos es la forma de transformar las reacciones en respuestas más conscientes y elegidas. Asi, lograremos implicarnos en un proceso de maduración de nosotros mismos y nuestras relaciones.
La culpa en la diferenciación de la familia de origen.
El proceso de diferenciación e individuación de nuestra familia de origen es fundamental para lograr nuestro crecimiento como personas adultas y construir relaciones maduras. Es una diferenciación sobre todo en lo sutil (simbólico) y no en sólo en lo denso (físico) que también. En este proceso sutil la culpa está presente y proviene, como no, de nuestra lealtad a las creencias familiares inconscientes que nos habitan.